Que la vie soit comme une brise légère

A veces uno, sin saber muy bien cómo, termina en un pueblito del sur de Francia junto con los abuelos del recién exnovio de una de tus mejores amigas. Sin exnovios (ni mejores amigas), Jacques y Huguette –los abuelos–, así como Elizabeth y Frédérick –los papás de Victor–, se dedicaron por tres semanas a apapacharme y a presentarme, de una manera sumamente cariñosa y glotona, la campagne francesa. Días de vivir y comunicarse alrededor de los rituales de una mesa. Días que empezaron raros, pero que terminaron como un abrazo. Sé que no exagero al pensar que comiendo formé un segunda familia.

Pero vayamos por partes. El contexto inicial definitivamente fue bizarre: Victor llamaba con frecuencia para contar sus infortunios de recién desnoviado en México; mientras que a mí, la familia solía confundirme con Elisa (la famosa mejor amiga): desde en el nombre hasta en el reconocimiento de hábitos o conocimientos. Largas sesiones de ser Elisa y de reemplantear el “ser mexicano en sus relaciones” (si es que eso existe) para una familia que no habla español y que no entendía por qué Victor volvería solo a Francia.

Por mi parte, aunque nunca les conté, sé que pronto descubrieron que yo venía hecha un manojito de sentires: mi abuelo había muerto hacía dos semanas –estando yo a más de nueve mil kilómetros de su casa–; el chico del que estaba enamorada –y que prácticamente no conocía– llegaría en unas semanas a Paris después de cinco largos meses de espera; el artículo que escribía nada más no fluía y para acabarla de amolar, mi estancia en Grenoble (mi destino anterior) no había sido la más afortunada.

A base de divertidas rutinas –como el distinguir tu lugar en la mesa, qué rol te tocará hoy en la limpieza de la cocina, la sincronía en el comer y demás códigos implícitos– pronto dejé de ser Elisa, para finalmente ser llamada Tziranda (o ‘sirrrandá’). El ritual era el mismo todos los días: petit-dejeuner de té o café, acompañados de una deliciosa rebanada de pan hecho en casa, y mermelada, claro, de frutas cosechadas en el jardín. Midi que podía incluir de todo, pero siempre cortejado por unas ensaladas que todavía extraño. Acto seguido, venía el momento del postre y café debajo de un sombreado charme. Y para finalizar la jornanda, cena en la terraza acompañados del sol cayendo por la pradera. Vida de verano en la que no transcurrían más de dos horas sin volver al encuentro con el cortar, picar, moler, hornear, para luego morder, tragar, beber o sorber. Encuentros que siempre estuvieron acompañados de las más inesperadas pláticas en las que poquito a poco conocí a dos fabulosas y excéntricas parejas.

Dentro de esta coreografía culinaria, mi comida favorita siempre fue el postre. Y de los habituales momentos, el que más añoro es el que sucedía después del café de media tarde, cuando el abuelo se sentaba al lado mío y me acompañaba con una larga y babeante siesta, en tanto yo preparaba el dichoso artículo. De la reivindicación de un yo –tanto individual como, extrañamente, nacional–, al saberme escuchada, acompañada y querida.

Y lo supe el día que festejamos el cumpleaños número 20 de la prima de Victor (que casualmente se llama Elise). Un cumpleaños amoroso con un menú donde sobresalieron los platillos favoritos de la nueva veinteañera. No recuerdo todos los tiempos, pero sé que la entrada consistió de botanas japonesas; de plato principal, pato (a la quién sabe qué –con sonidito francés al final–) y de postre, una inigualable tarta de frambuesas. El vino que galardonó el festejo fue proporcionado por el papá de la festejada, quien ofreció un Saint-Émilion, cosecha 1990.

Una mesa con diez personas que siguió unos códigos muy comunes para todos los ahí congregados, menos para mí: a pesar de todo, en México no se acostumbra –no del todo ni de esa manera– a que todos estén bien sentaditos en la mesa para comenzar el cortejo del paladar, ni tampoco aguardar a que todos hayan finalizado su platillo para emprender la repartición del siguiente y que la distribución sea lo más equitativa posible.

¿O será que este cortés ritual sólo es común a esta familia? No lo sé. Sea como fuere, aquellos códigos, vistos externamente, en ocasiones pueden parecer rígidos; o no tanto: guiños cotidianos y familiares que para alguien que, un poco azarosamente, tiene el placer de compartir dicho momento, son claves y significativos. Comentarte la receta, ver tu reacción hacia los nuevos sabores, relatarte la historia del vino de esa noche y en fin, confiar en que a la mexicana le guste, residieron en consideraciones que de una manera profunda me hicieron sentir parte de aquella cena de aniversario. En cuanto a mí, aquellos gestos del compartir fueron sin duda el toque esencial del sazón y de toda la celebración: del cumpleaños, de mi estancia en Francia, del encuentro con el que ahora es el novio y de todas las cosas que pasaron por mi cabeza durante esas coloreadas –y calurosas– semanas.

Ese día pensé que quizá no era mala idea eso de tener hijos y sobrinos y nietos y muchos agregados culturales (como lo pueden ser las amigas de las exnovias).

Texto de Tziranda Lizárraga como colaboración para el Colectivo Tripa

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