Comidas para compartir

 

NOTA: Esta entrada fue escrita como colaboración para el blog de Errr-Magazine: http://errr-magazine.com/comidas-para-compartir/

 

La pizza entre amigos se pasa con las manos, como entre amigos la charla se interrumpe, se complementa, sigue por rumbos insospechados, pero no se detiene nunca. La pizza es democrática -democracia real, tangible-, equitativa, sin rangos ni jerarquías como las mesas redondas. Hace unos días invadimos la cocina de Jimena con un cargamento de pizzas, empanadas argentinas, crepas de mermelada y mucha charla, que se multiplicó en las manos santas del vino australiano cortesía de la casa, como los peces y los panes para alimentar el hambre de los oídos asistentes que hace rato no chismeaban. De entre todas las cosas que comimos esa noche, el mejor sabor de boca ha sido justamente compartir. Me explico:

La comida que se comparte tiene el sabor único de la memoria, del momento compartido, de las palabras precisas, de los relatos que se rompen en el estallido de la carcajada colectiva. El acto de comer evoluciona, avanza de la escala de lo biológico y se vuelve una necesidad social, la de compartir con el otro, la de mirarse a los ojos a la primer mordida y saber que sabemos, la complicidad de los sabores, el lenguaje único de las texturas. Algo dijo Jimena la otra noche, entre tantas cosas que salieron a la charla, que se me quedó en la memoria con el mismo sabor de la espinaca de la pizza vegetariana, algo con ese sabor acre de hierro verde, pero lo dijo suave, con una media sonrisa en los labios que le dio a la frase esa sensación cremosa del queso que contrastaba a la espinaca hasta volverse una mezcla equilibrada, de acentos fuertes, pero sin palabras disonantes.

Hay una gran tristeza en no poder compartir la comida, no saber lo que el otro se lleva a la boca mientras estamos ahí compartiendo con esos sabores el espacio de su memoria. Nuestras palabras se le quedarán grabadas con quién sabe qué sabores. Por eso la alegría de la mesa compartida, de las historias que se cuentan en el tiempo simultáneo en que se disfruta la comida. La sonrisa de Alessio esa noche de pizzas tenía el sabor especiado de las empanadas argentinas de carne que pedimos como entrada, esa sensación fuerte, de atracciones inevitables, de confiado conocedor de nuestro apetito carnívoro. La sonrisa cómplice del camarada solidario que parte su empanada en tres y la pasa a los platos de los demás para que el placer se multiplique a toda la mesa, a la habitación entera, que se deje ver desde la calle húmeda de llovizna, fría de soledades que espían.

La pizza de carnes frías era una pieza de retazos de carnes en armonía, sin el desorden tradicional de este plato, ofrecía una vista de jardín inglés perfectamente ordenado, en círculos concéntricos, cómo pétalos de crisantemo, acomodados por capas y colores, se hacía florecer hasta las orillas. Así igual la plática que fue creciendo sobre su propio centro, haciéndose grande de anécdotas, abarcando cada vez más temas, sin un rincón sin rellenar como debe ser en las buenas pizzas. Así las comidas para compartir, como las palabras, hechas para los paladares justos, para el que sabe escuchar y saborear, y pone su mesa para que lo desvelen los amigos, aunque al otro día se tenga que levantar a trabajar.

Me explicó más: para quienes habitualmente no podemos compartir los alimentos, más allá de la seguridad de lo que preparamos en nuestras propias casas o en lugares especializados, que andamos por el mundo con un bocadillo en la bolsa o, de lo contrario, con la cara de muertos de hambre; la posibilidad de comer fuera y compartir con los amigos es un placer grande, más grande que una pizza de buen tamaño, más grande que una mesa redonda, o que una cocina con ventanales que dan al patio de enfrente. Grande como el eco de las carcajadas de esa noche alegre que siguen por ahí, haciendo cosquillas cuando lo recordamos. Me explico finalmente: Desde hace algunos años estoy diagnosticada como celiaca, lo que significa que tengo una intolerancia autoinmune permanente al gluten, que es la proteína de los principales cereales, y la base de la industria alimentaria actual, esto implica muchas cosas, una de ellas -quizá de las más importantes- es que puedo compartir mi comida, pero no la de ustedes -todos los alimentos implicados en este relato fueron preparados con el cuidado necesario para los requerimientos médicos de una dieta 100% libre de gluten-. Con estas palabras agradezco a la anfitriona, a los pizzeros de Fatto in Casa, y al guapo compañero de mis parrandas.

 

Fatto in Casa: Sadi Carnot 43 | Colonia San Rafael | Ciudad de México

Promedio de consumo por persona entre $150 y $ 200 Pesos.

 

Texto por Sei Iturriaga Sauco para el Colectivo Tripa

 

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