Placeres culposos

Mi regreso a la vida de oficinista ha cambiado mi rutina alimenticia. Ahora tengo un horario específico para comer, intento preparar comida en casa pues la oferta de restaurantes de los alrededores, aunque es variada, es bastante cara, muy grasosa o el servicio es lento (y con 45 minutos para ir, pedir, comer, pagar y regresar a mi asiento no es demasiado práctico). Ya encontraré la forma de probar cosas nuevas o no nuevas pero ricas que comer los fines de semana.

Mientras tanto revelaré un guilty pleasure en el que recaí después de haberme contenido durante casi 6 años: las gorditas de chicharrón (masa de maíz mezclada con pedacitos de chicharrón, luego se le da forma redonda y se deja gruesa para que una vez cocida se pueda cortar por la mitad y rellenar con distintas cosas). En ese entonces me comí una gordita en la Narvarte que me cayó fatal.

Tras aquella infección no se me volvieron a antojar ninguna… hasta que me tocó pasar durante 2 meses por un estrecho puente en la esquina de Parque Lira y Constituyentes y ver cómo entre dos señoras hacían las gorditas más grandes y con más chicharrón que haya visto. Me senté varias veces en el puesto a comer quesadillas, siempre echándole ojo a las gorditas, pero sin atreverme a pedir una. Me volví fan de la salsa roja, muy picante pero riquísima, espesa, con un saborcito a chile ahumado (no supe distinguir de qué chile estaba hecha). Yo veía que todo el mundo se acercaba siempre a pedir gorditas, los militares del Estado Mayor Presidencial, las mamás que iban a dejar o a recoger a sus hijos a la escuela, los adolescentes que se iban de pinta a la Feria de Chapultepec… todos menos yo. Lo que más me atraía era que estaban cocinadas a la plancha, no fritas como la mayoría de las gorditas callejeras.

Finalmente un día me armé de valor (o mejor dicho, me ganó el antojo) pues ya no me quedaba más tiempo, iba a cambiarme de oficina y no volvería a pasar por ahí tan seguido. Cuando salí de la casa esa mañana tomé mis pastillas de carbón y una bolsita de té de manzanilla. A las 2 en punto me fui a formar por mi gordita (y de paso una quesadilla de hongos para no quedarme con hambre). La pedí con todo (rellena de lechuga –uno debe ponerse a pensar en ese momento si está lavada y menos desinfectada-, queso y salsa). Las pedí para llevar y poder comer en las mesas tan bonitas de la terraza. Pasé por un Boing de uva (sólo lo tomo cuando voy a cometer un acto ultra culposo). Ya sólo me quedaba probar y rezar para no enfermarme. Estaba nerviosa.

Pero con la primera mordida se me olvidaron los gérmenes, la mugre, la grasa y el tiempo. Sin duda la mejor gordita de chicharrón que he probado. Por suerte no pasaré muy seguido por ahí, será mi guilty pleasure para siempre.

 

Puesto de quesadillas: Final del puente peatonal de Constituyentes, esquina Parque Lira | Ampliación Daniel Garza | Ciudad de México

 

Promedio de consumo por persona entre $15 y $30 Pesos.

 

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