Panza llena… corazón de cártel

Hace algunos días iba a ser el cumpleaños de mi mamá. Justamente caía el día de su cita mensual con el doctor en Veracruz. Lucy y yo pensamos que no era mala idea acompañarla así que salimos juntas del D.F. Con una escala de por medio, llegamos al día siguiente a la cita en el hospital naval a la 1:10 pm. Los diez minutos de retraso nos mandaron al penúltimo lugar de los pacientes así que Sergio y mi mamá nos recomendaron que nos fuéramos a dar una vuelta. Caminamos una cuadra hasta el malecón, llovía un poco pero no hacía frío. Caminamos un rato por las desoladas banquetas, recordando los paseos en días más concurridos y calurosos, en medio de niños, burbujas de jabón y aviones de unicel (lo siento, me la he pasado citando mi infancia a lo largo de este blog, que más que sobre la comida últimamente parece sobre la nostalgia). Nos dirigimos hacia el centro, caminamos hasta la plaza principal, también extrañamente desolada. En el camino compramos unos volovanes (masa de hojaldre rellena de ingredientes salados o dulces) de jaiba ligeramente picantes, muy ricos, de un señor que los vendía en la calle. Nos tomamos un refresco en una de las bancas y caminamos un poco más mirando las casas abandonadas, casi destruidas por las plantas y árboles que crecen agarrados de las paredes. Me acuerdo de las miles de veces que los adultos me explicaron que las construcciones coloniales del puerto estaban hechas con piedra múcar, es decir, de corales extraídos del arrecife de enfrente que hoy está casi extinto. Muchas de las fachadas descarapeladas muestran esos corales, parecen arrecifes petrificados.

Estuve intentando imaginar cómo sería mi vida en el puerto si de pronto decidiera mudarme. Mis exigencias serían estrictas:  tendría que vivir ser en el centro, en una casa o departamento con un ventilador gigante (o varios), con una cocina grande, plantas y balcón. ¿En serio podría vivir allí? No hubo tiempo para responder, volvimos al hospital y justo tocó la consulta. A la salida la atmósfera seguía un poco nublada así que no dudamos ni un momento en pasar a comer a Cardel (renombrado por una querida amiga como Cartel debido a la presencia Zeta, y del narco en general, en aquél lugar) para reponer las energías.

La Bamba, uno de los lugares preferidos por mi familia para comer mariscos… y beber horchata de coco. Para empezar pedí un chilpachole (una de mis sopas preferidas en el mundo: caldo espeso rojo que generalmente lleva algún marisco, chiles, cebolla, ajo, jitomate y epazote) de hueva (huevos de pez) y unos plátanos fritos (en manteca de cerdo son más ricos) con queso y frijoles refritos. En lo que traían la comida me llené de totopos con salsa de chipotle y mayonesa. De plato fuerte ordené un aguacate relleno de mariscos (camarón, pulpo, jaiba y caracol) que venían con un poco de mayonesa, cebolla, lechuga y jitomate. Los demás pidieron ensalada de mariscos (sin mayonesa). Todo estaba fresquísimo y la horchata de coco le daba un toque exótico a la combinación de sabores. Para el postre le compramos dulces de la zona a una muchacha que pasó vendiéndolos, llevamos cocadas (dulces hechos a base de coco rallado, algunos son suaves, otros más duros, unos van horneados, otros tostados, con leche o sin leche), limones rellenos de coco, macarrones (dulces de leche), dulce de guayaba, entre otras cosas.

Con la panza llena dormí una siesta durante el camino de regreso y aunque el clima no mejoró, el corazón por fin estuvo más contento.

La Bamba: Emiliano Zapata 49| Cd. Cardel | Veracruz

Promedio de consumo por persona entre $130 y $170 Pesos.

Horario: de lunes a domingo de 7:30 a 21:00 hrs.

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2 Respuestas a “Panza llena… corazón de cártel

  1. Este año, yendo a Veracruz, paramos, muy cerca de la casta de cobro de Cardel, en el restaurante Las Acamayas. Alli pedimos un par de ordenes de acamayas, una al ajillo y otra con chipotle. La acamaya no es otra cosa que un delicioso cangrejo de río de pinzas alargadas. Nada que ver con camarones o langostas que, en origen, son de agua salada y no carecen de pinzas. También tomamos platanos fritos.
    A veces cuando te leo noto que en la imnesidad de la república mexicana, al final los recorridos que hacemos son limitados y circulares y eso hace que coincidamos en textos y recuerdos, no sólo contigo sino con los amigos mexicanos que me acompañan y me descubren lugares como El Puerto o Boca del Río o el mismo restaurante en Cardel del que te hablo y del que en un rato colgaré una foto para que veas que no soy un mentiroso compulsivo ni un inventor de ficciones sino que simplemente la realidad es así, limitada y circular, pero tan intensa a veces.

    • Supongo que hay otros viajeros cuya realidad es más vasta, a veces me gustaría que la mia fuera así, pero a veces nos toca darle vueltas a lo que nos rodea y creo que eso permite hacer más profundo el conocimiento del entorno. Este ejercicio de escribir sobre la comida me ha permitido eso, justamente. Gracias por comentar jmargen.

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